Take the weather with you

LLEVABA tantos días sin meter una nueva entrada que casi se me había olvidado cómo hacerlo. ¡Hasta he fallado con la clave la primera vez! Me quedan 48 horas en Copenhague y no tengo mucho que hacer salvo esperar, mirar, leer y pasear. Acaso por eso me he puesto un poco melancólico y me he acordado de esta canción. Aunque a lo mejor no tiene nada que ver con eso. Yo qué sé. Canción noventera donde las haya, ahora suena un poco cursi pero cuando tenía 14 o 15 años me encantaba y que para mí significaba que Australia no sólo era eso que en el colegio llamaban “las antípodas” sino que existía de verdad y que algún día yo estaría allí con en sus playas vírgenes llenas de música y de surferos (aunque yo no me he montado en una tabla en mi vida).

En fin, como dice la canción, “everywhere you go you always take the weather with you”. Será por eso por lo que aquí también llueve cuando menos te lo esperas y ahora, de pronto, hace calor.

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Spanish Revolution

Y fue a esa edad… Llegó la poesía a buscarme.
No sé, no sé de dónde salió,
de invierno o río.
No sé cómo ni cuándo,
no, no eran voces, no eran palabras, ni silencio,
pero desde una calle me llamaba,
desde las ramas de la noche,
de pronto entre los otros,
entre fuegos violentos
o regresando solo,
allí estaba sin rostro
y me tocaba.

La poesía, Pablo Neruda (este poema cierra la película El cartero y Pablo Neruda)

ESTA semana el Washington Post me dejó impactado. Desde la distancia, he estado siguiendo la Spanish Revolution, como se ha dado en llamar, desde el principio, la he visto crecer como unos abuelos que ven crecer a sus nietos en la distancia: a cada visita se dan cuenta de cuánto han crecido respecto a la vez anterior. Ha sido emocionante. Por una vez desde que hace diez meses cogí las maletas -Etiopía-Copenhague-Etiopía) para comeznar mi aventura, nuestra aventura, he deseado estar en España, bajo las setas de Sevilla o en la Puerta del Sol de Madrid. Ves esas fotos repletas de gente y de pacifismo y sabes que desearías estar ahí con tu libreta en la mano hablando con todo el mundo para publicar una historia en las páginas del periódico del día siguiente. No recuerdo si fue el martes o el miércoles, qué más da, el caso es que llegué a la oficina y abrí varios periódicos norteamericanos para ver la repercusión que estaban teniendo las protestas en España y el Washington Post -que cualquier periodista lleva en la sangre desde el Watergate- publicó esta foto:

La gente se pronunciaba, tomaba las calles, empezaba a decir ¡¡Basta ya!! En la distancia, ha sido incluso más emocionante si cabe, sobre todo porque uno no esperaba esta reacción en la gente: con todo lo que estaba pasando parecía que no iba a llegar nunca. Yo también estoy esperanzando. Como dice con entusiasmo mi maestro A.R., “estas olas empiezan y si se lo proponen pueden arrasar con todo”, con todo lo malo, se entiende, con todo lo que no funciona como debería, que hay mucho en España y en Europa.

La sensación de que las cosas no funcionan es intensa. Me he acordado mucho estos días de una entrevista a David Foster Wallace en El País“Muchos jóvenes de clase media-alta sentíamos en nuestras vidas una enorme tristeza y vaciedad, y ello a pesar de los bienes materiales que teníamos a nuestra disposición. Uno de mis objetivos era centrarme en las preocupaciones de quienes eran más jóvenes que yo, porque me daba la sensación de que podían constituir la última generación de mi país”. Creo que ha sido una sensación que también compartían muchos en España, acaso sin saberlo o sin ponerle palabras; la crisis nos ha ayudado a ponérselas y además eso de que los bienes materiales que teníamos a nuestra disposición… como que ha empezado a no haber nada que tener a nuestra disposición, empezando por el trabajo. Casi 5 millones de parados. Hasta los portugueses que están en mi oficina me preguntan: “¿Cómo no ha sido España rescatada si tiene más paro que Portugal?”. Misterios de la economía, esperemos que aquello de que todo se andará no se cumpla en este caso…

Yo también espero que las cosas empiecen a cambiar. La gente tenía muchas cosas dentro y esto ha sido, está siendo, una especie de catarsis colectiva. Pero habrá que volver a casa y habrá que mantener la lucha, el reto, la revolución, cada día. Como decía Albert Camus, con cierta grandilocuencia pero con toda la razón: No esperéis al jucio final, tiene lugar todos los días. Como ciudadanos, tenemos que centrarnos en dar la talla y esto significa elevar el listón ético, que en España no ha estado muy alto, que digamos. Este país se creyó rico cuando no lo era y, en el fondo, un poco entre todos, dejamos que las cosas pasaran. Recuerdo una vez que un compañero de trabajo, un tipo normal y corriente, comentó orgulloso cómo había comprado su casa hacía dos o tres años por 50 millones de pesestas y ahora se disponía a venderla por 70 millones y, finalmente, la vendió por esa cantidad. No fue sólo el sistema. ¿Cuántos españoles no se convirtieron en especuladores al por menor, cuántos no hicieron la vista gorda, cuántos no aprovecharon la menor oportunidad para sacar tajada, cuántos no dejaron que las cosas ocurrieran e incluso les pareció estupendo que sucedieran así? Hace falta una ola de protestas, pero también un ola de honestidad, de civismo, de ética, de decencia, y los políticos, los primeros. Ahora se saben acorralados. Pero si uno quería saber cómo iba este país no tenía más que irse a un colegio o un instituto, hablar con cualquier profesor y escuchar lo que éste tenía que decir sobre sus alumnos y sobre los padres de sus alumnos. Ésa era la mejor radiografía que uno podía obtener de España todos estos años atrás -en los que todo parecía ir de maravilla- y no el aumento del PIB, el ritmo de crecimiento de la economía y las hipotecas bajas (para pisos millonarios…). Porque todo lo segundo se ha ido y ¿qué nos ha quedado? Pues un poco como después de las guerras, un vacío moral muy intenso. El dinero es el peor invento de la humanidad y yo no he visto tanta gente enamorada del dinero, avariciosa, cegada, como en los últimos 15 años en España.

Pero es tiempo para el optimismo, para empezar a construir otra vez nuestro país, nuestra sociedad, nosotros, para aprender de los errores. Vaya este video y esta canción de Joan Baez -versionando a Neruda- para compartir mi ánimo y mi alegría con todos los que se han echado a la calle. No nos moverán.


You are welcome to Elsinore

“Entre nosotros y las palabras hay metal derretido”, Mário Cesariny, You are welcome to Elsinore

ERA uno de esos viajes que tenía en la libreta de pendientes. Hoy, al fin, lo he tachado de la lista. He viajado al castillo de Elsinore -en realidad, a 45 minutos en tren desde Copenhague, más que un viaje, un paseo en tren…- con muchos de mis fantasmas, pero el primero, antes de llegar, el que me ha acompañado desde que dejé mi estudio por la mañana hasta mis primeros paseos en torno al castillo, ha sido el fantasma de Godard en Nuestra música, las sombras de Bohr y Heisenberg recorriendo los aledaños del edificio. He viajado para estar con el mito, no con la realidad. Ni siquiera se llama así el castillo, de Elsinore. En la ciudad, en Helsingor, el reciento recibe en todos los carteles e indicaciones el nombre de Kronborg.

Justo llegas a la estación de Helsingore, sales del edificio y ahí está, frente a ti, al borde del mar. Dicen que fue construido para vigilar el estrecho que separa esta ciudad de su vecina sueca, Helsingborg, la ciudad donde nació el futbolista Henrik Larsson. Una ciudad y otra, un país y otro, se miran desde los dos lados de este estrecho de pocos kilómetros. Viajar es ya de por sí es una acción propia del mito, y viajar hacia un mito y hacer el viaje en tren es como redoblar el mito. El tren es una de las figuras más potentes del imaginario colectivo del siglo XX; si hubiera que diseñar un logo del siglo XX debería llevar un tren en algún sitio. El tren es el símbolo de la comunicación y del desarrollo, pero del desarrollo que no se ha ido a pique por la ambición humana -ése el Titanic-. El tren también es el símbolo del cine, del paso de un fotograma a otro que suena casi con el ruido de fondo de la maquinaria de un tren; incluso, la primera película de la historia del cine muestra las imágenes del tren de los hermanos Lumière, que éstos proyectaron el 28 de diciembre de 1895 en el Salón Indien del Gran Café de Paris, en el Boulevard des Capucines. Los espectadores, cuando vieron el tren acercarse al objetivo de la cámara pensaron que la locomotora se adentraría en el Café y se tiraron al suelo. El mito casi se hace realidad. De hecho, en la mente de los espectadores, se hizo realidad. Pero el tren también es Auschwitz y el símbolo que cierra el siglo XX en España: los vagones y los muertos de Atocha en el 11-M.

El 11-M me lleva a Bin Laden, asesinado esta semana por el Gobierno de Estados Unidos, que tiene el mundo por su cortijo particular. Columbia Journalism Review, por cierto, escribe un reportaje sobre los errores de ciertos locutores y presentadores que, en vez de anunciar que “Osama ha muerto”, informaron de que “Obama ha muerto” o de que “Obama ha sido asesinado”. Esperemos que no estuvieran guiados por ningún extraño subconsciente.

Esta siendo éste, además, un año de muertes impactantes, de muertes que nos dejan más solos, con más fantasmas: Sidney Lumet, Ernesto Sábato, María Isbert y, esta última noche, Severiano Ballesteros.

Y, al fin, llegué al castillo de Elsinore.

He llegado hasta aquí también con el eco del poema escrito por el poeta portugués Mário Cesariny, con el que encabezo este post, y, mientras anduve por el castillo, no he dejado de pensar en los versos finales: “Entre nosotros y las palabras, la pared, / y entre nosotros y las palabras, tenemos el deber de hablar”. Y me he dado cuenta de que el castillo de Elsinore, mi castillo de Elsinore no es el que tenía delante de mí, construido por piedras macizas y bóvedas de cobres, mi castillo de Elsinore fue el que Shakespeare construyó en Halmet, verso a verso, palabra a palabra. Por eso, con el castillo de Elsinore yo tenía hoy el deber de hablar.

He viajado hoy con un libro, como siempre, y porque los libros son otro viaje en sí mismos, por eso siempre hay que viajar con un libro, es como viajar dos veces. El libro que he ido leyendo mientras recorría el trayecto hacia Helsingor, mientras caminaba hasta el castillo de Kronborg y sus aledaños y mientras he ido y he vuelto a Helsingborg, era una novela negra, como para darle más intriga a todo mi viaje: The Whisperers, del irlandés John Connolly. Así que hubo un momento en que si miraba hacia adelante veía el castillo de Helsingor pero también el de Elsinore y a Hamlet, y a Shakespeare escribiendo, las uñas y las manos llenas de tinta, los versos de su obra; si dirigía la mirada hacia abajo y me ponía a leer, me traslada a Maine, a la frontera entre Estados Unidos y Canadá, donde el detective Charlie Parker investiga el suicidio de un ex soldado que ha combatido en la guerra de Irak, una investigación que está llevándolo a las cloacas de la sociedad americana y a las cloacas de la guerra y del cerebro humano. Por algo se llama novela negra, me digo. No es gratuito.

Cruzo a Suecia y vuelvo, casi sólo por el placer de viajar, de viajar en barco, de pisar Suecia, de conocer una nueva ciudad, hermana de la anterior, y por el placer también de volver, de volver a Helsingor y de comtemplar desde otra perspectiva el castillo de Shakespeare. En su castillo veo camisetas que llevan escrito aquello de To be or not to be y me acuerdo de aquello que decía Michel Houllebecq sobre la publicidad y la metafísica posmoderna (El mundo como supermercado). Supongo que vivimos en un mundo en el que la publicidad lo engulle todo y que también es un plató para los turistas. Dice Oskar Negt que la publicidad es el nexo entre el mercado y el arte, que la publicidad es el símbolo de la desaparición del concepto de arte (en detrimento del de mercado) que ha permanecido hasta el siglo XX. A lo mejor, me digo, lleva razón Luis Goytisolo cuando no se resiste a este cambio y contempla el pasado (y el pasado del arte) sin nostalgia.

Yo también soy un turista en el plató de Kronborg y casi siento verguenza ajena al ver la camiseta del To be or not to be e imaginar a algún turista comprándola. Pero, en fin, si hasta Coca-Cola explotó el verso de Shakespeare hace años con aquello del Sed o no sed… Y a todo esto, ¿cómo han podido transformar una de las salas del castillo en una tienda cutre de souvenirs? Algo huele a podrido en Dinamarca…

No he entrado en el interior del castillo, no he querido verlo por dentro, era como verle el alma pero era también como robarle el misterio, aunque seguramente no tenga ningún misterio, pero mejor así, hay que dejar el misterio vivo, es como el que, en la trastienda, accede a los secretos de los trucos de un mago. Es mejor dejar vivir la magia, dejar que el mito siga latiendo. Así que entré sólo al patio interior, hice unas fotos, se senté para contemplarlo despacio, lentamente, y me fui. Como el personaje de Faulkner en El oso: tuve a la bestia rendida ante mi, y la dejé marchar, la dejé vivir, la hice eterna.

He regresado a Copenhague con el eco de las imágenes y de las palabras. Como siempre, es lo único que nos queda. Creo que ahora comprendo mejor ese momento en el que Polonio le pregunta a Hamlet: “¿Qué leéis, señor?”, y éste responde: “Palabras, palabras, palabras”.


Sirenas de Copenhague

“Haced que todo el mundo regrese a la ciudad”. John Ashbery, Río

HOY a las 11.12 recibo en mi cuenta de trabajo, que estrené hace dos meses y que permanecerá conmigo apenas un mes más, recibo un mail de un remitente con nombre muy danés y desconocido para mí. En el asunto decía algo de “sirenas” así que decidí abrirlo a ver qué pasaba. Leí:

Dear Colleagues,

Please be advised that de national security announcement system will be tested today at 12.00 (noon) and sirens will be heard all over Denmark for a shor period of time.

It is an annual test and there is no emergency.

Kind regards

Pese al anuncio, no me tomé muy en serio aquello de que las sirenas serían escuchadas por toda Dinamarca, me pareció una exageración de esas muy andaluzas que al final se quedan en nada. No fue así. Ya se me había olvidado este mail cuando a las 12.00 todo comenzó a sonar. Me pareció una atracción casi tan estimable como La Sirenita de bronce del muelle de Copenhague. En cualquier caso, sirenas todas. Me dije también que, de haberlo sabido antes, era el momento ideal para cometer un atraco, aunque me di cuenta enseguida de que estaba influido en exceso por el (insostenible) guión de Los próximos tres días, la película de Paul Haggis que vi hace dos noches y que no me gustó nada. Haggis nació en London, Canadá, donde tú viviste, por cierto, triunfó hace unos años con Crash, ha sido guionista del último Eastwood (Cartas desde Iwo Jima, Banderas de nuestros padres) y, según leí recientemente, acaba de dejar la Iglesia de la Cienciología porque ésta no acepta a los homosexuales y su hija o sus hijas, ya no sé muy bien, son, al parecer lesbianas. También en Copenhague hay una Iglesia de la Cienciología, casi enfrente del Ayuntamiento, justo al lado de un restaurante español llamado Bizcaya. Me parece alarmante que en el siglo XXI y en un país tan aparentemente sensato como Dinamarca aún haya gente que tenga que creer en este tipo de… iglesias. Me acuerdo de la frase de Chesterton, quien se quejaba con ironía de que “la gente deja de creer en Dios y empieza a creer en cualquier cosa”.

Uno enciende la tele -que yo no tengo- por la noche y no deja de ver a genios del tarot, lectores de cartas de todo tipo, adivinos, médiums, nigrománticos y todo tipo de personajes que a mi me causan bochorno y vergüenza pero que no dejan de tener una clientela dispuesta a dejarse los cuartos para escuchar cualquier cosa que ya sabían o que están deseando creer. Justo esta semana he visto también Más allá de la vida, de Eastwood, en la que aparece un personaje, que interpreta Matt Damon, que es un médium. Esto nada más saberlo me predispuso en contra de la película, sin embargo, al final no deja de ser un aspecto anecdótico en la película, que no transcurre por la senda de la autoayuda ni la autocomplacencia. Me gustó la frase de Damon cuando su hermano, en la película, le pregunta por su don de tener comunicación con los muertos: “No es un don sino una maldición”, dice.

“Es peligroso viajar con un hombre muerto”. Es la frase con la que comienza la película, una sentencia que pertenece a Henri Michaux. Aunque hay una excepción: la literatura, ese viaje que el personaje de Damon tiene con esos otros muertos que son los libros, como memoria y símbolo de lo que hemos sido y somos, encarnado en la película en Dickens. Como decía el poema de Quevedo: Retirado en la paz de estos desiertos / con pocos, pero doctos libros juntos / vivo en conversación con los difuntos / y escucho con mis ojos a los muertos. Son también los fantasmas que están en este blog, personajes que desfilan por estas pantallas y que hacen más habitable el mundo.

Pero estos días dices hombre muerto y sólo se te ocurre pensar en Bin Laden. No me da ninguna pena que esté muerto, pero me temo que ésa no es la cuestión: lo que sí me abochorna es la alegría de todo el mundo, de todos los gobiernos por haberlo matado, por haberlo asesinado de un balazo. Poco a poco parece que se van sabiendo más cosas sobre la operación y todo indica que fue una mera ejecución. Vini, vidi, vinci… y zas, un poco de plomo en la cabeza. Todo, según las crónicas, en una media hora. Y qué pasa con las reglas, con las normas, con la justicia, con la verdad.

En fin, quedan unas pocas visitas para llegar a las mil. Hoy es lo único que encuentro como motivo de celebración. Hasta las alarmas de Copenhague han sonado de mentira.


Las palabras y las piedras

Allí estaba, palabra tras palabra,
El poema que ocupó el lugar de una montaña.

Él aspiraba de su oxígeno,
Incluso cuando el libro yacía del revés sobre el polvo, en su mesa.

Le trajo a la memoria cómo necesitó
De algún lugar para seguir su rumbo,

Cómo llegó a recomponer los pinos,
A trasladar las rocas, abrir camino entre las nubes,

Para una perspectiva que sería perfecta,
Donde él se consumase en una inexplicable consunción:

La exacta roca en donde sus inexactitudes
Descubriesen, al fin, el panorama hacia el que había tendido,

Donde pudiese yacer y, contemplando el mar,
Reconocer su hogar, único y solitario.

Wallace Stevens, El poema que ocupó el lugar de una montaña

“EL que no inventa no vive”, ha afirmado hoy Ana María Matute en su discurso de aceptación del premio Cervantes. Es más, yo diría que el que inventa vive más y mejor. Vive otras vidas y otra realidad, otras realidades. Por eso nos gusta tanto leer, ver películas, escuchar y conocer otras historias, vivirlas o imaginar que las vivimos… palabra por palabra, como dice el poema de Wallace Stevens. Esa es la magia y el poder de las palabras. “Una palabra es tan real como una mesa”, ha dicho también Paul Auster. Una palabra que nos digan o que oigamos al azar puede cambiar el curso de nuestras vidas. Una palabra, una frase, algo tan intangible, quién lo diría. Una sola palabra puede afear o embellecer la realidad, y uno digamos ya una historia. Hace unos días, hablando de esto, mencionamos a Big Fish, de Tim Burton.

Pero hay que tener cuidado con las palabras, también pueden destruirlo todo. Recuerdo cómo comenzaba Eyes Wide Shut, la última película de Stanley Kubrick. Nicole Kidman le cuenta a Tom Cruise, bajo los efectos de las drogas, una mera suposición, un relato imaginado (Traumnovelle es el relato de Schnitzler en el que se basa la película), unos hechos que no han ocurrido más que en la cabeza de su esposa y, sin embargo, a partir de ahí la relación de pareja comienza a dinamitarse, entra en una dimensión de irrealidad donde todo está a la deriva, el mundo, que parecía tan ordenado, se ha desencajado de sus goznes. Y todo por unas cuantas palabras sobre algo que ni quiera sucedió en la realidad. Escribió Michael Herr sobre la fotografía de Eyes Wide Shut, que la luz que irradiaba cada plano introducía a la acción en un escenario como de sueño, como de vigilia, como de universos paralelos, y es cierto que en la película todo sucede dos veces. Hasta la pieza de Shostakovich con la que Kubrick cierra el filme es como una carcajada agria y perversa, como la declaración final del personaje de La naranja mecánica. El vals del compositor ruso que cierra la película comienza de súbito justo después de que Nicole Kidman pronuncie la última palabra de la película y toda la filmografía de Kubrick. Es la respueta que le da a Cruise, cuando éste le pregunta: “¿Y qué vamos a hacer a partir de ahora”. Y ella le responde: “Follar”. Es como un testamento implacable pero al mismo tiempo como una losa que resuena en los oídos mucho tiempo después de terminar de ver la película. Tantas horas de rodaje (que hasta dos actores abandonaron la película y hubo que comenzar a rodar de nuevo…) para acabar con una moraleja tan sencilla, pero que en la película suena casi a castigo, a sentencia final.

Pocos meses después, Cruise y Kidman se separaron para siempre, dando lugar a todo tipo de especulaciones, algunas de ellas relacionadas con la película, cuyo título es una paradoja en sí mismo. Para terminar, quiero ser un poco más banal y más entretenido y acabar también con otra pareja que hace pocos meses decidió poner punto y final a su relación (artística): The White Stripes. Es una secuencia de Coffee and Cigarettes, de Jim Jarmusch, película que fui a ver en su día al cine Avenida aprovechando mi jornada de descanso entre semana en el periódico.

Es una película a base de skeetches, pero ¿no está compuesta la vida también a base de fragmentos? No esperéis gran cosa sobre el link. Si J.C. lo viera estoy seguro de que diría aquello de: ¡¡¡¡Vaya marcianada!!!!

Pero va de un tipo que ha inventado, que ha creado algo. Y eso me gusta.


La pelicula equivocada

“Yo amo a aquellos que no saben vivir más que para desaparecer porque ésos son los que pasan al otro lado”. Friedrich Nietzsche, Así habló Zaratustra

“¿Habrá creado Dios el mundo para destruirlo?”. Elías Canetti

NO me había enterado y cuando esta mañana he leído la noticia ya llevaba tres días muerto. En Copenhague no sigo demasiado la prensa ni española ni mundial. De vez en cuando me acuerdo y abro en mi ordenador las web de algunos periódicos. Es lo que he hecho hoy después de recordar que llevaba sin leer ninguno desde el viernes, antes de salir de la oficina. Así que hoy llego, enciendo mi ordenador, abro la página de Cultura de Público, y de pronto mis ojos chocan con uno de los pequeños titulares que en internet se les asigna a las noticias atrasadas. Fallece Sidney Lumet. Murió el 9 de abril. Puede que él se estuviera muriendo mientras yo caminaba por los edificios de la Carlsberg en las calles del barrio de Valby. Hace unos días me había acordado de él. Estaba pensando en lo huérfanos que nos dejó la muerte de otro neoyorkino implacable, Stanley Kubrick, en marzo de 1999. Era, me dije, el último que quedaba de los clásicos. Se fue él y se acabó, hermano, pero entonces me acordé de Lumet y pensé: “Bueno, aún queda Sidney“. Ahora, estirando un poco la cosa, sólo nos quedan Woody Allen y Clint Eastwood. Con ellos se irá para siempre el cine clásico norteamericano. Ellos son las únicas islas de memoria que quedan de aquella época.

Cuando yo nací apenas quedaba ninguno de los tres o cuatro grandes: John Huston murió y yo estaba a punto de cumplir ocho años; Hitchcock falleció el año antes de que yo naciera; en cuanto a John Ford, lo había hecho cinco años antes que éste. Sólo recuerdo a Billy Wilder, que murió en 2002, y aunque llevaba años sin hacer una película, ahí estaba, testigo de una época que yo sólo podía imaginar viendo las películas en blanco y negro del Hollywood de los años de oro. Me he imaginado muchas veces cómo habría sido asistir a un estreno de Hitchcok en el cine. Creo que apenas he podido alcanzar esa sensación con Woody Allen y con Clint Eastwood. Con otros (Paul Thomas Anderson, David Fincher, David Cronenberg, David Lynch, James Gray, los hermanos Coen, Werner Herzog) siento algo parecido, pero no es lo mismo. Durante casi toda mi vida ha sido una especie de rito ir al cine para ver la última película de Allen y de Eastwood. Es algo tan natural como respirar. No quiero pensar en el momento en el que este rito desaparezca. Quizás sólo recuerdo una emoción parecida a ésta cuando era niño o adolescente y en el cine de mi pueblo anunciaban comming soon las secuelas de Indiana Jones y de Regreso al futuro. Pero ni siquiera los cines de ahora son los cines de antes. Recuerdo haber visto ahí, en aquella pantalla enorme, hundido en un asiento de teatro que nos buscaba el acomodador (que ya conocía a toda la familia de tanto que ibamos) películas de todo tipo, en las que pasé la mitad de mi infancia: El ultimo emperador, Solo en casa, En busca del valle encantado, Forrest Gump, Demolition Man, Willow, Los gremlins, Batman, Robocop, Los cazafantasmas, La jungla de cristal, Terminator, Loca academia de Policia, El pato Howard…

También recuerdo haber visto de adolescente, en mi casa, en la television, varias peliculas de Lumet: 12 hombres sin piedad, Serpico, Tarde de perros y Network. No sé por qué antes era más fácil que ahora ver este tipo de películas en la televisión normal y corriente. Me moría de risa con el personaje de Peter Finch, sobre todo cuando gritaba aquello de ¡¡¡¡estoy más que harto y no quiero seguir soportándolo!!!! Merece la pena, tantos años y tantas peliculas después, comprobar la vigencia de su perorata:

La frase provoca en la pelicula casi una epidemia en las ventanas de medio Estados Unidos, una epidemia que tampoco vendría nada mal que se produjera hoy, no al otro lado de las pantallas sino a éste lado, el lado de la realidad. Me encanta cuando dice lo de ya veremos lo que hacemos con los rusos. Eran los años en los que Estados Unidos estaba acojonado, por decirlo llanamente, con los logros de la URSS comunista. Entre ellos, como cuenta Tom Wolfe en la impresionante novela-reportaje Lo que hay que tener, los éxitos relativos a la carrera espacial.

Precisamente, ayer se cumplió el 50 aniversario del día en que Yuri Gagarin se convirtió en el primer hombre en salir de la Tierra -llegó a completar una órbita alrededor del planeta-. Como dice Cariño en su Facebook, “Gagarin nos enseñó a tener nuestro propio espacio”. Y eso, sin duda, es muy cierto. El astronauta ruso murió pocos años después, en 1968. Se estrelló mientras realizaba prácticas en un caza. Perdió la vida 18 días después de haber cumplido… ¡¡¡34 años!!!

Leyendo Lo hay que tener uno tiene un fresco, una crónica excelente de los años de la Guerra Fría, pero también descubrí en sus páginas a uno a personajes que me acompañarán el resto de mi vida. Chuck Yeager. Un piloto militar al que Estados Unidos dejó fuera de la carrera espacial y que se empeñó desde entonces en batir un récord de aviación tras otro en los desiertos de la América profunda, donde estaba ubicada su base militar. Yeager, que era experto en pilotar vuelos de prueba -y no pruebas de vuelo; como dice Wolfe se trata de cosas muy distintas…-. Así se convirtió, el 14 de octubre de 1947, en el primer hombre de la historia en romper la barrera del sonido, una velocidad conocida como mach 1. Básicamente, verías el avión y lo escucharías al cabo de unos segundos, cuando ya no hay nada en el cielo. Nacido en 1923, Yeager vive hoy una plácida vejez en su casa californiana de Penn Valley. Tanto él como Gagarin pueden presumir de haber estado al otro lado; puede que, incluso, en el lado menos humano de este mundo, aunque puede que en el lado donde se puede tener la perspectiva más verdadera de las cosas.

Recuerdo una entrevista que le hice a Miguel López-Alegría, el primer austronauta español. Entonces, cuando hablamos, era el astronauta con mayor horas de vuelo en el espacio fuera del transbordador especial. No sé si aún lo sigue siendo. En su trabajo espacial, López Alegría debía abandonar la nave para hacer reparaciones en su exterior. Me contaba que cuando estaba fuera de la nave sólo estaba unido a ella por un cable, era muy seguro, pero la sensación que tenía era la de estar flotando en medio de la nada, con la Tierra a sus pies y rodeado por el espacio infinito. “Universos enteros nos contemplan”, escribió Pascal. Universos enteros y a veces también Miguel López Alegría. Creo que estar así en el espacio es lo más parecido a estar muerto estando vivo. Puede que sólo durante unos minutos o unas pocas horas, pero también es otra forma de estar al otro lado.

Me cautivan personajes como La Sirenita, el Doctor Jekyll y Mr. Hyde, y mitos como los del doble y el espejo porque están al otro lado. O, como la Alicia de Carroll, están a este lado y son capaces de pasar al otro. Uno lee relatos de Hemingway, ve Reservoir Dogs, de Tarantino, o, mejor, Mulholland Drive, de Lynch, y siempre tiene la extraña sensación de estar en el lado equivocado, de que donde debería estar la narración o la cámara es más allá de esa puerta, aquí no, idiota, llévame a la otra habitación, a otra casa, a otro mundo. Puede, como decía Shumpeter, que incluso nuestro presente, en el que ahora vivimos, sea también el lado equivocado, porque, realmente, hay muchas historias no vividas, no ocurridas del mundo, y cualquiera de ellas podía haber sido, o hasta tenía que haber sido.

Un director de cine, un actor, tienen esa cualidad: están aquí, entre nosotros, pero también allí, al otro lado del espejo, al otro lado del mundo, como las estrellas, que incluso podemos seguir viéndolas aunque haga cientos o miles de años que hayan desaparecido. A lo mejor porque, en realidad, es verdad que estamos en el lado equivocado. En un mundo de espejos y de reflejos en el que nada significa nada o, por lo menos, gran cosa.

Uno no puede ver La rosa púrpura del Cairo y no desear dar un paso hacia la pantalla del cine y vivir durante unos segundos que son años en el lado de la imaginación y de los sueños. Como esas películas en las que un niño abre la pueta de su armario y es la entrada a un mundo de dragones y mazmorras, a otra realidad repleta de colores nuevos y de aventuras. El cine o el hombre imaginario tituló Edgar Morin a su ensayo sobre el celuloide.

Al final, uno acaba rodeado de fantasmas, de imaginación, envuelto en un mundo, puede que más real que el real, pero de referencias imaginarias. Uno va al cine y cuando la película comienza el mundo desaparece. Incluso un crítico aludió a la similitud entre la postura que a veces adoptamos en la butaca del cine y la posición fetal. Es como estar en el vientre de la ballena; o, como escribió Paul Auster en La invención de la soledad, es como estar en el interior de un tintero. La oscuridad antes de nacer. El otro lado, y quién sabe si el lado bueno.

Sidney Lumet murió el 9 de abril y con eso ya ha pasado al otro lado, aunque de ese lado no vuelve nadie. Compruebo que exactamente 378 antes de su muerte, Galileo declaraba ante el tribunal del Santo Oficio. La acusación: sus Diálogos sugerían que la Tierra no era el centro del universo sino que se movía en torno al Sol, que era el verdadero centro. Puedo imaginar el miedo abismal del Vaticano y de todo el mundo: cientos, miles de años pensando que estábamos aquí en el lado bueno, que todo se había para nosotros, que Dios estaba de nuestra parte, y ahora resulta que no, que estamos allá, en cualquier sitio de la misma manera que puede haber miles o millones de otros sitios y de allás, quién sabe.

No estamos en el centro, sino que estamos en el otro lado, en otro lado. Pero, ¿en qué lado? Pero, ¿por qué? Es como si desde el principio de los tiempos no hubiéramos sido sino marionetas vistas por el sol. Una comedia. Divina y todo lo que tú quieras, Dante, pero comedia. Galileo nos degradó de personajes principales a secundarios del montón en un reparto quién sabe si interestelar, y estas estrellas si que no tienen nada que ver con el fulgor y el glamour de Hollywood. Es para que se nos bajen los humos, ciertamente. Y a los que tienen esa extraña sensación en el estómago de que no están, de que nunca han estado en el lado en que deberían, les recuerdo también que puede que no haya nada más cierto que aquello que dice Dennis Hopper en La ley de la calle: No, no estamos locos, estamos en la peli equivocada.

 

ABAJO EL TELÓN


THE END


La Sirenita y el pulpo

“No se escribe lo que se quiere”. Gustave Flaubert

“El bien es un mal necesario”. Fernando Pessoa

CARLSBERG fue el leit motiv que inspiró mi último post. Llegué a él a través de la historia de La Sirenita. El cuento de Andersen me llevó a la escultura que está en la zona de Kastellet, según es nombrada en el plano que tengo de la ciudad. La literatura me llevó a la escultura y descubrí que la figura en bronce que permanece sobre una roca en uno de los muelles de Copenhague fue encargada y donada a la ciudad por Carl Jacobsen, el hijo del fundador de la empresa cervecera y posterior propietario. Hoy partí de mi estudio con rumbo a Valby, a la Carlsberg, a los Jacobsen.

Es la estatua de Carl en las inmediaciones de la factoría. Hice la foto cuando ya llevaba unos minutos merodeando por la zona. No había casi nadie. Y la zona no sólo es el emplazamiento de una de las mayores empresas de Dinamarca sino un barrio residencial al lado de un parque enorme, el parque que separa a Valby del zoológico. En el zoológico estuve hace dos semanas visitando a los elefantes hospedados en la casa de Foster y la primera imagen que recibo hoy de la factoría Carlsberg es ésta:

La mirada no engaña. Dos enormes elefantes. El símbolo del nazismo. La esvástica. Los elefantes son um emblema en la India y también la esvástica, muchos siglos antes de que Hitler la empleara en sus banderas. De todos modos, la esvástica me sirve para recordar que los nazis estuvieron aquí. Que esto fue en su tiempo la Alemania nazi. El resultado de la operación Weserübung -literalmente, ejercicio en el Weser– ejecutada el 9 de abril -otra vez abril y la guerra- de 1940. Los alemanes cruzaron la frontera danesa violando su neutralidad. Dinamarca se rindió enseguida, apenas contaba con efectivos debido a su neutralidad, que tan buenos resultados le había deparado en la Primera Guerra Mundial. La ocupación duró hasta el 5 de mayo de 1945, cinco días después del suicidio de Hitler y dos días antes de la rendición de Alemania ante los aliados, firmada por Jodl. En esos cinco años, miles de judíos tuvieron que huir del país -entre ellos Niels Bohr, que tenía antepasados judíos- y varios cientos fueron capturados por la Gestapo. Se cuenta que la noticia de la deportación de los judíos fue filtrada clandestinadamente a la sociedad danesa, lo que permitió escapar, a través de Suecia, a la mayoría de los 8.000 que vivían en el país. Sin embargo, se calcula que unos 6000 civiles daneses fueron arrestados por los alemanes y enviados a campos de concentración; 600 de ellos murieron. Recuerdo el impactante libro Las entrevistas de Nuremberg, de Leon Goldensohn, el psiquiatra y médico de la prisión, a quien el nazi Ribbentrop, que fue Ministro de Asuntos Exteriores, llegó a asegurarle, haciendo gala de un cinismo y de una cara dura increíbles, que había salvado a decenas de judíos y de civiles danses de los campos de concentración y exterminio. Ribbentrop fue ejecutado el 16 de octubre de 1946. Fue el primer líder nazi ejecutado. En la horca. Había sido arrestado la noche del 14 de junio de 1945 en Hamburgo por el ejército británico mientras estaba escondido en una pensión. Pienso en todo esto e imagino a los nazis caminando a sus anchas por las calles de Copenhague, como yo ahora, y me parece mentira que en estas avenidas tan tranquilas, en estos parques tan verdes y en esta ciudad tan cívica y ordenada, haya podido haber estado gobernada por un régimen como el de Hitler. Y pienso también que aún tiene que haber daneses vivos que lo recuerden con estupor y espanto.

Leo en la Wikipedia que la esvástica representa al pulpo, “que, según la tradición, creó el mundo”. Es la primera vez que oigo que comparan a Dios con un pulpo, pero así son los símbolos. El elefante y el pulpo. Parece un chiste, me digo. O una fábula de Esopo. O los próximos personajes de la última película de Píxar, de la que ahora se están celebrando los 25 años de que fuera fundada por ese genio llamado John Lasseter. Y pienso en todo esto y me acuerdo de que hace nada estuvimos en el cine del Edna Mall viendo Toy Story 3. En dos partes, como no podía ser menos, porque se fue la luz en Addis Abeba a mitad de la película, a mitad de la película que estábamos viendo en 3D y todo, eso sí, “el primer cine en 3D de Etiopía”, rezaba la publicidad. Como si Addis tuviera alguna competencia. ¿Qué iban a poner un cine en 3D en Harar? Allí la gente no lo necesita: ya tienen el chat y con eso ven el mundo incluso en más dimensiones que tres, yo creo que tres son hasta pocas, aunque no sé que diría de esto el Sísifo de las supercuerdas, qué pensará cuando empiece a leer estas líneas y no sepa si es un truco, si son frases que no quieren decir nada o si son la clave para escapar del laberinto.

Los elefantes de Carlsberg sostienen una torre. En el primer tercio de la torre está escrito: Laboremus Pro Patria. Y la verdad es que laborar laboraron bastante porque de estos edificios surgió el rascacielos aledaño que hoy es la sede mundial de la empresa. Sin embargo, cuando llegué al nuevo edificio, moderno, de acero y de cristales, me defraudó. Éstos, hoy casi piezas de museo, tienen más humanidad; hasta las enormes chimeneas que se conservan de las primeras factorías tienen más belleza y más alma que el edificio acristalado de oficinas que nada dice. Muy imponente, igual de vacío, de inexpresivo, tan inexpresivo como un rostro acuñado en una moneda. Sobre el lema Trabajemos por la patria, los nombres de Carl & Ottilia Jacobsen. Al otro lado del edificio, dos estatuas los representan mirando su imperio empresarial, en una posición con la que le dan la espalda a su país y a su ciudad. La patria es el dinero.

Por lo menos se molestaban en hacer ciudad, en hacer arquitectura, en encargar la estatua de La Sirenita y en emborrachar a medio mundo. Es curioso, me digo, que una de las primeras cosas que uno aprende de Etiopía nada más bajarse del avión es que la cerveza local la fabrica la empresa Saint George, que fue fundada en 1922, hace casi 90 años. Sin duda, pocas cosas en Etiopía tienen tanto tiempo y tan buena salud como la Saint George. Se llama así en honor a un soldado romano que acabó de santo de la iglesia católica y que el rey de la ciudad etíope de Lalibela aseguró que se le había aparecido recrimiándole que de entre el conjunto de iglesias que estaban construyéndose en la ciudad, todas cavadas en plena roca, ninguna estuviera dedicada a él. De modo que el rey ordenó recaudar más impuestos para financiar una nueva iglesia dedicada a San Jorge. Resultó ser la más bella de todas, la más enigmática, la más famosa y la más impactante. Nosotros tres la pudimos ver con nuestros propios ojos y tocar con nuestras propias manos en octubre del año pasado.

En Copenhague, los Jacobsen construyeron otro templo, a la cerveza, al alcohol, a la ebriedad del desarrollo y del progreso. A lomos de dos elefantes.

Acaso por eso también el padre, JC, fundó los Laboratorios Carlsberg y su estatua yace hoy enfrente del edificio. Fui a Valby en autobús. Antes de llegar, el conductor frenó de repente y cogió a todo el mundo desprevenido. Qué pasaba. Todos miramos por la ventana. No se veía nada fuera de lo común. Al final, una mujer, no demasiado mayor, de unos 70 años, cruzaba la avenida despacio, lentamente, dando pasos muy cortos, tan despacio que el autobús, aunque el semáforo estaba en verde, se vio obligado a detenerse sin que nadie lo esperara. Pero eso no fue lo que me llamó la atención. La mujer estaba encorvada como una alcayata, su espalda formaba casi un ángulo de 90 grados respecto a sus piernas. La gente contemplaba aquello con cierto espanto. Todos imaginábamos el calvario que cada día tenía que afrontar con sólo levantarse de la cama y no digamos ya con abrir la puerta de casa y adentrarse en la ciudad. Siempre que veo un elefante me transporto a África y en Copenhague los he visto ya de verdad y de roca. Lo que no imaginaba es que la imagen de aquella señora también se iba a llevar a África cuando menos lo esperaba. Me recordó a las decenas de tullidos, de ciegos, de enfermos, de mutilados, de mendigos sin ninguna posibilidad ni ningún futuro que vagan desesperados por las calles de Addis Abeba. Entonces es cuando piensas en lo de la ciudad de la nueva flor y te parece una macabra ironía, una broma de mal gusto. Un vertedero del progreso.

Y, sin embargo, todo es chiker yelem. No problem, bro, que dicen ellos todo el rato. Da igual que el mundo se viniera abajo. Ellos dirían chiker yelem y luego mirarían al cielo, porque Dios está con Etiopía. Es más obvio. Pensar lo contrario. Vaya tontería. Claro que lo contrario sería que Dios estuviera contra Etiopía, y el asunto es que Dios no está. Pero qué mas da, si en el fondo todo esto no son más que situlezas, si al fin y al cabo, como ya escribió Pessoa, el que no haya Dios es un Dios también.


Pequeña Mrs. Mermaid

“Intenté ser razonable. No me gustó”. Clint Eastwood, The Rookie

ANDERSEN no escribió La Sirenita. Quiero decir que escribió el cuento que hoy conocemos con ese nombre, aunque él, en realidad, lo tituló así: Den Lille Havfrue, que significa algo así como La pequeña señora del mar. Es curioso como el personaje más famoso de toda su literatura y de la literatura danesa no tenga nombre; Andersen jamás se lo dio. Es, simple y llanamente, la señora del mar, La Sirenita. Por mera casualidad he descubierto que hoy hace exactamente 174 que el cuento se publicara por primera vez.

Sucedió en 1837, aunque Andersen, al parecer, lo había escrito un año antes. La escultura es otra historia. Se ubicó en su localización actual el 23 de agosto de 1913 y fue realizada en bronce (1,25 metros y 175 kilos; uno más que los años que Andersen hace que la escribió…) por el escultor Edvard Eriksen. Eriksen quería que una bailarina muy famosa de la época posara para él desnudo. Como ésta rehusó, acabó haciendo la escultura empleando como modelo a su mujer. Así que esa es la identidad de La Sirenita. La pequeña señora del mar es, en realidad, la pequeña señora Eriksen. Quien, no es por nada, no tenía mucho encanto. De hecho, no comprendo nada el éxito que tiene esta diminuta, anodina y oscura figura. Pero ya se sabe lo que dijo Stendhal de la belleza: “Llamamos bello a aquello que es elogiado por los periódicos y que produce mucho dinero”. Y tampoco voy ahora a recordar de nuevo lo que dijo Godard sobre el castillo de Elsinore.

Tras conocer estos datos he indagado un poco más y casi acabo en la barra de un pub. Me explico. Resulta que, ignoro el motivo, el motivo exacto quiero decir, la escultura fue encargada por el empresario Carl Jacobsen.. sí, es lo que estás pensando: el empresario cervecero Carl Jacobsen. Se trata del hijo de Jacob Christian Jacobsen, quien fundó la casa Carlsberg en 1844 con apenas 33 años. JC Jacobsen, como se le conoce, habia nacido el 2 de septiembre de 1811. Es decir, que en unos meses se cumplira el 200 aniversario de su llegada a este mundo que el contribuyo, sin duda, a que muchas veces se haya visto doble, a un cierto aumento de la natalidad y cosas por el estilo, que diria Kurt Vonnegut. JC le dio a su cerveceria el nombre de su hijo y este luego, obvio, apechugo con el negocio ubicado desde entonces en la localidad de Valby; hoy uno de los diez distritos de Copenhague. Valby se halla, de hecho, a unos diez minutos caminando de el zoológico de la ciudad, del que hablamos aquí hace varios post. Acaso por eso, uno de los logos que maneja la empresa para sus botellines sea el elefante, esas criaturas inexplicables, casi celestiales, como la pelicula de Peter Jackson. Valby tiene, según Wikipedia (a la que cito de vez en cuando para introducir a mis crónicas en el universo de la ficción…), una población de 41.161 habitantes. Se calcula que Carlsberg emplea en el mundo a más personas: unas 45.ooo. Sin embargo, yo creo que da trabajo a muchas más, sobre todo en el aparato digestivo y si éstas están en el interior de un bar o si coincide que está jugando la selección de Dinamarca.

Cuentan que Carlsberg, no la empresa sino JC, no tenia formacion alguna pero se dio cuenta de que la produccion de cerveza debia responder a metodos cientificos para conseguir asi fabricar un produco de alta calidad. Para conseguir asi la que, probablemente, sea la mejor cerveza del mundo, segun reza su eslogan. Esta idea es el orien de los laboratorios Carlsberg, donde ahora que caigo estuvo investigando el cientifico de Carmona y Premio Principe de Asturias Manuel Losada Villasante, a quien he entrevistado dos veces, tan sabio, tan conversador y con esa bonhomía que yo siempre creo que debe tener un gran hombre.

La historia del elefante me ha llamado la atención porque resulta que el primer país en el que Carlsberg puso una destilería de cerveza fuera de Dinamarca fue Malawi, en el año 1968. Tambien el quiso pasarse a la aventura africana. Malawi fue tambien el primer destino de África que empezamos a barajar seriamente, ¿te acuerdas? Un equipo de médicos y una ONG hacían cada año durante todo el mes de agosto una visita a sus proyectos en una zona rural de Malawi y nos íbamos a ir con ellos. Luego descubrí que Paul Theroux había sido profesor en una universidad del país. Este país es ahora algo así como el infierno en la tierra. Tiene una población de unos 14 millones de habitantes, de las cuales casi un millón tiene sida. Esta enfermedad provoca la muerte cada año de casi 90.000 personas. En medio de todo eso, va Carlsberg y planta una fábrica de cerveza. Será para enfriar el infierno africano. O para emborracharlo.

“Viajaremos, cazaremos en los desiertos, dormiremos sobre el empedrado de ciudades desconocidas, sin cuidados, sin penas”, escribió Rimbaud en Una temporada en el infierno, en lo que es, curiosamente, una especie de su adivinación de sus aventuras y amarguras africanas. Claro que creo que Rimbaud con sus proyectos no fue nada razonable; y, en fin, tampoco le gustó. El infierno y África. África y la aventura. Y hasta Dante se atrevió a unir la aventura al infierno. Claro que él descendió acompañado de Virgilio. “Vengo de un sitio al que volver deseo”, escribió, y ese sitio era su hogar, su casa, su vida, su mujer, su patria. Dicen que África fue la cuna del nacimiento del hombre, probablemente, parece incluso que la cuna está ubicada en algún lugar de Etiopía. África empieza así con Adán o con Lucy en el paraíso terrenal y miles de años después la escena se transforma en un continente cada día más devastado. “Auswitchz tiene lugar en África todos los días”, declaró Imre Kertesz en una entrevista que yo leí el año en el que le dieron el premio Nobel. La ventaja de Dante fue que comenzó por el infierno para así sólo poder acabar en el cielo.

Lucy in the Sky with Diamonds, cantaron los Beatles y también Yves Coppens. Quién sabe a qué cielo se referiría Lennon, a qué paraíso natural o artificial; claro que en este último caso, sí podrían cumplir los de Carlsberg un papel bastante decisivo. Y, a fin de cuentas, decía el poema de Nicanor Parra que “también existe un cielo en el infierno”, así que a lo mejor nunca hemos salido de ahí.

Empecé con La Sirenita y he acabado en el infierno; hubiera sido mejor haber acabado en el fondo del mar, que no es el título de la película que me pasó D., el autor del pacto de las cuerdas, sino ese mundo subterráneo y silencioso y que yo imagino virgen, intocado, ajeno a la acción del ser humano. Entre el infierno y el mar me está empezando a entrar calor y sed y, no sé, creo que debería tomarme una Carlsberg, por poner.

Pero qué digo, si no me gusta la cerveza y además fuera hace mucho viento y frío y no me apatece dejar mi estudio para comprar nada. Me da pereza, la verdad. Voy a intentar ser razonable. Me tomaré entonces un vaso de agua y me quedaré en mi habitación, para qué salir de aqui. Sí, definitivamente, me da pereza, mucha pereza, probablemente, que diría Cariño, la mejor pereza del mundo.


Luis Goytisolo:”Algo a lo que no das ninguna importancia es lo que al final puede acabar matándote”

(Entrevista realizada el pasado mes de enero en Addis Abeba, Etiopía)

-Ha venido a Etiopía para viajar por el país escribir de su viaje y sus impresiones. ¿Están unidas la literatura y el viaje?

Por supuesto. En mi caso, me influyó mucho mi padrino, Luis Goytisolo, yo me llamo Luis por él. Me regalaba libros de Salgari, de Stevensson, de Conrad. Éstas fueron mis primeras lecturas y a los once años me decidí a ser escritor.

-¿Qué ocurrió?

-Comencé a escribir una novela del oeste con la idea de publicarla en la editorial Molino. Esta editorial había anunciado que pagaba 500 pesetas por cada manuscrito. Y allá que fui a visitarlos con el mío. Fueron muy amables cuando me vieron, pero, por no decirme que no, me dijeron que tardaban uno o dos años en confirmar si editaban o no una obra, así que, a mis once años, aquello me pareció un mundo y abandoné el proyecto. Pero yo siempre pensé en compaginar viajes y literatura.

-¿Cuáles eran sus referentes entonces?

-El modelo era Conrad. Por eso me inscribí en la Escuela Náutica, que nunca llegué a comenzar. Después, con 17 años empecé a estudiar Derecho, con la idea de iniciar la carrera diplomática, y hasta pensé, como Saint-Exupéry, en hacer la mili en aviación, en la base de Burgos, pero no obtuve plaza. Luego me dijeron que la mía se la dieron al hijo de un general…

¿Qué relación mantiene con África?

-De África conozco toda la zona del Mediterráneo y prácticamente todo la zona oriental del África oriental: Sudáfrica, Bostwana, Zimbawe, Uganda, Madagascar… La primera vez que vine a Etiopía hará once años debido a una serie que hicimos sobre el Índico. Mi relación con África y también con Asia se remonta a la infancia. A través de las lecturas me vino el espíritu viajero, como digo, pero también hay un elemento familiar, un antepasado mío, mi bisabuelo. Era de Vizcaya y se fue a Cuba, donde le fue bien. Luego regresó a Barcelona. En la familia siempre ha estado el mito de mi bisabuelo.

-¿Es optimista sobre el futuro de África y de Asia?

-De Asia conozco sobre todo el sur y el este. En estas zonas se está produciendo ya un desarrollo económico, como en Vietnam o India. Creo que la diferencia con África es que éstos son países con unas élites muy avanzadas y que han recibido un decisivo impulso exterior para su desarrollo: en Vietnam, de Moscú; en India, de Inglaterra. El problema para que este desarrollo llegue a toda la población es que arrastran un lastre enorme: en India hay 500 millones de pobres. Eso también ocurre en África. Los dirigentes es como si no los vieran, es como si esa gente se hubiera vuelto invisible, pero están ahí: duermen en las aceras, en plena calle. Es cierto que en Asia, y esto es una diferencia decisiva, ha habido un énfasis muy fuerte de la educación. Ha ocurrido en Corea, ahora también en China. El modelo ha sido Japón, un país que entró en muchas guerras entre el siglo XIX y la primera mitad del XX y que a partir de ahí apostó por un modelo que lo ha convertido en potencia mundial.

-¿Nunca tuvo la tentación de cultivar la literatura de viajes?

-No era muy compatible con Antagonía. Luego vinieron los documentales que hice sobre el Mediterráneo y el Índico… A partir de 2000 hay un cambio en mi literatura, con Diario de 360º. Antes, una de mis novelas, Mzungo (1996) empieza en Somalia y describe un país africano que podría ser Madagascar: tenebroso, con un culto tétrico a la muerte, con ceremonias de desenterramientos… una locura.

-¿Escribe algo ahora?

-He comenzado una nueva novela, pero con calma. No puedo contar mucho. Tiene varias tramas y la estoy desarrollando con calma. Además, en mayo viajaré a Japón y esto interrumpirá el trabajo.

-Ha dicho en alguna ocasión que, frente a Antagonía, sus novelas son cada vez más abiertas, en las que el lector juega un papel más activo.

-Hay una evolución que ha sido consciente, por un lado, pero otra parte no, sencillamente, se ha ido produciendo así. El punto clave es Diario de 360º. Antagonía es la novela de una novela desde el principio hasta el final, es una metáfora del cosmos. En ella, el lector, además, tiene que desconfiar, no tiene que fiarse de lo que narra el personaje. Es algo que siempre me ha intrigado: si uno mismo escribe algo en primera persona, se pone en duda; pero nadie duda de lo dice un personaje inventado [ríe]. Es curioso, al personaje todo el mundo le cree. Antagonía es mi obra más importante, pero estoy muy contento con lo que he hecho estos últimos años. Cuando terminé Antagonía eran los años 80, yo tenía cuarenta y tantos años, y me dije: ¿y ahora qué?, ¿qué puedo decir ahora? Creo que a partir de Estatua con palomas (1992) cambió todo. Supuso la entrada de elementos nuevos y la llegada a una nueva etapa que se formaliza en Diario de 360º. Yo llamo a esta nueva etapa literatura de constelación.

-¿En qué consiste?

-Cuando estás desorientado en medio de la noche hallas la ruta si miras el cielo y sabes hallar la Osa Mayor y hasta una simple estrella… Pero si no sabes, te pierdes, no podrás encontrar el camino. Esto ocurre en mis novelas. Junto a esto, cada vez cobra más importancia de lo aleatorio, del azar: a veces ocurre que no le damos ninguna importancia a algo y ese algo es lo que puede causarte la muerte.

-¿Pasa la literatura contemporánea por un buen momento?

-No lo parece. Creo que se ha perdido ambición, hay mucha novela histórica, que era un producto típico del XIX… Internet está cambiando las cosas: una prosa suelta, espontánea… esto no tiene que ser forzosamente negativo, las cosas ocurren así a veces, como sucedió con la imprenta. Crea un modo de expresión que acaba en la novela del siglo XIX. La víctima fue la poesía, que ahora es muy minoritaria.

-Ha dicho Philip Roth que la pantalla ha derrotado a los novelistas y que en unas décadas la novela será tan minoritaria como la poesía.

-La novela puede evolucionar hacia otra cosa, distinta a lo que conocemos ahora, pero eso no significa forzosamente que tenga que desaparecer. Pero es cierto que ahora la cultura es más audiovisual: antes se leían más libros y ahora se ve más la televisión, que a mí, por cierto, no me interesa en absoluto. Es curioso porque, en este sentido, a la novela el cine no le afectó para nada: al contrario, era el cine el que tomaba cosas de la novela: mecanismos de narración, historias… El cine tiene una desventaja respecto a la novela: tiene que presentar algo. Tiene que vestir a los personajes, que asignarles una altura, un color de pelo… el novelista puede ser más abstracto, puede sugerir más, para que el lector construya. El cine lo da todo o casi todo hecho. Esto hace que esté mucho más sujeto a la moda de cada momento y que luego veamos la película y nos parezca que haya envejecido mucho. A mí me ha ocurrido con Visconti, que ahora no me gusta nada.

-Pero, acaso por eso, el cine se obliga a estar más pegado a la realidad que la literatura.

-Puede que sea eso lo que haga falta a la literatura: emprender el reto de hacer un fresco de nuestra época como hizo Zola, Balzac… uno lee a Proust y En busca del tiempo perdido es eso, como el Ulises de Joyce. Puede ser cierto que cada vez la literatura, el arte, la televisión reflejen menos la realidad o tengan menos esa ambición de dibujar un fresco de época, como las grandes novelas del siglo XIX. Ahora, por ejemplo, se está produciendo un auge de la literatura de viajes, que enlaza con el periodismo, con el diario, con el relato, con el ensayo, que es muy interesante. A mí me gusta mucho, por ejemplo, Claudio Magris [El Danubio], un autor, además, con el que suelo estar bastante de acuerdo.

-Hablamos del presente, pero, ¿le interesa la memoria histórica como tema de sus novelas?

-Al comienzo de Antagonía aparece mi primer recuerdo, el final de la guerra, con mi familia. Estábamos en un pueblo, Viladrau, próximo a Barcelona… Es una temática que no me interesa, creo que la Transición dio en la clave: borrón y cuenta nueva. Hubo barbaridades por los dos lados… [pensativo] Incluso recordar a nivel personal es desagradable. He hecho en alguna de mis novelas alguna zambullida histórica, como en Liberación, cuando imaginé un diario de Marco Aurelio antes de llegar a España, pero lo hago para buscar un paralelo con la realidad. No me gusta que el argumento dependa de la recreación histórica, ni de un momento histórico.

RUTA POR ETIOPÍA. “Releo a Evelyn Waugh, sus libros y crónicas periodísticas, me interesan por que era crítico con lo que los británicos estaban haciendo en África. Estoy leyendo sobre Etiopía. Viajaré a Harar, por Rimbaud, a Axum, porque es un lugar mítico para los etíopes, de allí era la reina de Saba, dicen que allí custodian el Arca de la Alianza; y a Bahar Dar, donde está el Lago Tana, el nacimiento del Nilo. Seguiré las huellas del padre Páez, descubridor de estas fuentes del Nilo, aunque luego, dos siglos después un inglés llegara al mismo lugar y quedase como descubridor oficial. Pero esto es algo muy español, no reivindicarnos a nosotros mismos, no sé por qué pasa, pero ocurre muy a menudo”.


Todo va a ir bien

“Veo mucho potencial, pero está desperdiciado. Toda una generación trabajando en gasolineras, sirviendo mesas, o siendo esclavos oficinistas. La publicidad nos hace desear coches y ropas, tenemos empleos que odiamos para comprar mierda que no necesitamos. Somos los hijos malditos de la historia, desarraigados y sin objetivos, no hemos sufrido una gran guerra, ni una depresión. Nuestra guerra es la guerra espiritual, nuestra gran depresión es nuestra vida. Crecimos con la televisión que nos hizo creer que algún día seríamos millonarios, dioses del cine, o estrellas del rock. Pero no lo seremos, y poco a poco lo entendemos, lo que hace que estemos muy cabreados”. Brad Pitt en El Club de la lucha

FALTABAN cinco horas para que terminara marzo cuando me propusieron un pacto. Ocurrió el jueves. El mail llegó a mi bandeja de entrada a las 19.12:36 horas, según compruebo ahora, una de tantas mañanas grises de Copenhague. Pero no llueve, y no digo esto para parafrasear aquello de que era de noche y, sin embargo, no llovía; cuando en Copenhague no llueve, un hombre muerde a un perro. Me proponen un pacto y durante 20 días su autor y yo vamos a mantener una doble vida o, mejor dicho, una vida duplicada: un pie en la realidad y otro en una línea temporal que él y yo hemos acordado imaginar en el pasado y que empezó en el primero de estos post. Lo bueno del tiempo es que lo puedes estirar y contraer según se te antoje; aunque a veces él te estira y te contrae a ti. No había caído en la cuenta pero también ese podría ser un motivo para justificar el nombre de este blog. Desde el muelle podría ser algo así como una metáfora del universo de agujeros negros y de supercuerdas. Acudo a esa infalible enciclopedia del saber humano que es la Wikipedia. Escribo: “Teoría de las supercuerdas”. Leo: “Es un esquema teórico para explicar todas las partículas y fuerzas fundamentales de la naturaleza en una sola teoría, que modela las partículas y campos físicos como vibraciones de delgadas cuerdas supersimétricas, las cuales se mueven en un espacio-tiempo de más de cuatro dimensiones”. Ahora que lo tengo todo mucho más claro, es el momento de dar un salto en el espacio-tiempo hacia un segundo párrafo.

Creo que nuestro pacto tiene sólo dos dimensiones. Digo sólo porque lamento que la cosa dé para tan poco después de descubrir que hay delgadas cuerdas supersimétricas que se mueven en más de cuatro dimensiones. Supongo además que los hilos que moverán nuestro pacto no serán tan delgados, serán un poco más gruesos, pero qué le vamos a hacer, el asunto nos ha salido un poco más rudo del que esperábamos. Pero vamos a lo esencial: va a iniciarse una persecución (¿o se ha iniciado ya?) y he aceptado ser el perseguido. Leí una vez que El Lazarillo de Tormes, al ser anónimo y estar escrito como la confesión de algo que había sido condenado a muerte, había inaugurado el pacto de ficción de la litetatura moderna. Nosotros, ahora, es como si hubiéramos forjado un pacto de ficción un escalón por encima para superarlo. ¿Para qué? Para, como diría Bourdieu, jugar al juego, porque jugando, hacemos que exista. A lo mejor es que somos demasiado posmodernos y prefiero no consultar en la Wikipedia qué significa esto.

“Hay que ser absolutamente modernos”, dijo Rimbaud, así que, ¿por qué no ser absolutamente posmodernos? ¿Por qué no ser posposmodernos? Claro que también escribió aquello de que “yo es otro”, así que quién sabe quién de los dos escribió aquella frase. Creo, en cualquier caso, que nuestro pacto es bastante posposmoderno, aunque sólo tenga dos dimensiones y tampoco dé para que pueda estirar mucho, unos 20 días o así.

Se me ocurre que podrías quedar encerrado en mi laberinto. Hacer que esta historia vuelva en algún momento al principio y entonces tendrías que empezar una y otra vez a leer en un círculo vicioso sin fin, que no sé porque relacionamos lo vicioso con lo de no tener fin, sinceramente. Te imagino a ti como una especie de Sísifo de las supercuerdas, tirando una y otra vez de mi o de un supuesto yo como el auriga de Platon intentando gobernar su carro, también de dos dimensiones. Te imagino así, enredado, enmuellado, en la trampa de tu propio pacto, teniendo una vida virtual (infinita, eso sí) mientras me persigues. Hace varios posts temí quedar atrapado en la infinitud de internet; ahora veo que puede llegar a ser una ventaja para tenderte mi trampa mortal, que diría Daniel.

O mi trampa virtual, ficticia o posficticia, porque tú y yo somos absolutamente posmodernos, claro está. A posmodernos no nos gana nadie. Sólo lamento que la cosa no dé más que para dos dimensiones, pero si lo miras bien, mejor es estar perdido en un laberinto de dos dimensiones que en uno de cuatro, porque te podría pasar como aquella película de David Cronenberg, eXistenZ, en la que tanto empiezan a navegar los personajes en un universo de realidades virtuales que al final quedan atrapados en la tela de araña de su propio juego de la que ya no pueden escapar y ni quiera llegan a saber que el mundo en el que finalmente vivien no es el mundo verdadero, ¿o sí? Confieso que a mí tampoco me quedó claro. Recuerdo que terminé de ver la película, miré a mi alrededor y pensé: “¿Será esto real?”.

¿Será esto real? Creo que deberías preguntártelo porque igual ya has caído en la trampa, igual ya estás en el laberinto, igual no sabes que estás en el laberinto. ¿Sabías que Matrix, por cierto, se estrenó el mismo día en que tú me propusiste el pacto, un 31 de marzo de 1999? Claro que eXistenZ ya se había eXtrenadoZ antes, el 16 de febrero, así que ¿cómo poder estar seguros de que aquélla no sea una hija virtual de ésta? A lo mejor ahí fue cuando comenzó, sin que ninguno de los dos lo supiéramos, este pacto, este juego, esta realidad doble y triple y quién sabe qué más, en la que tú y yo estamos ahora.

O a lo mejor tú y yo nos hemos convertido en la red en los trasuntos de Edward Norton y de Britt Patt en El club de la lucha, que se estrenó el 10 de septiembre también de 1999. Sólo un día y dos años después se desplomaron en Nueva York las Torres Gemelas como si fueran de cartunlina, en un atentado parecido al que vemos al final de la película, cuando Norton o quién quiera que sea Norton le dice a Helena Bonham-Carter: “Me has conocido en un momento muy extraño de mi vida”.

Claro que luego suena Where is my mind, que cierra la película justo antes de que en una fracción de frame aparezca el fotograma de un pene delante de nuestras narices sin que nos demos cuenta. La película, pensé, la ha hecho Brad Pitt. Todo esto es mentira. Los dos han estado jugando con nosotros todo este rato, lo que hace que esté muy cabreado.

Luego se me pasó el asunto porque los guiones de David Koepp son así de tramposillos. Pero en el fondo, ¿no es lo que tú y yo vamos a comenzar a hacer o ya estamos haciendo? Jugar al juego para que, jugando, hagamos que exista. En el fondo es lo que he estado haciendo todos estos posts. He jugado con ellos a entrelazarme yo mismo, auriga de la memoria y el deseo, y he muchas veces he tenido que huir de mí mismo porque, como ha escrito Muñoz Molina, veía como la memoria venía hacia mí intentando apoderarse del presente

Y en ese lío tremendo llegas tú, lanzas tu pacto e intentas poner una pica en flandes. Es un juego muy peligroso. Yo ya no sé ni dónde estoy ni cómo se va hacia adelante ni hacia atrás. “Como ves este pacto requiere poco esfuerzo por tu parte, excepto que sigas escribiendo”, me dices. “No te pregunto qué tal te va todo, porque me hago a la idea de que aún no has llegado”. ¿Y si aún no he llegado, y si aún no estoy aquí? ¿Y si ése fuera el principio de la trampa que te tenderé? Pero, ¿cómo puedes demostrar que algo no existe? Es imposible. Como diría Borges lo único que no existe es el olvido. En cualquier caso, como dice Norton: “Confía en mí. Todo va a ir bien”.